Hablábamos el otro día en el aula 100 sobre una lectura de Gino Longo (Gino LONGO, “Características del conocimiento científico”, en Manual de economía política. Comunicación) en la que se abordaba la multidimensional cuestión de ¿qué es la ciencia? y sobre la cual yo hice este resumen.
He de decir que me sentí muy identificado al escuchar que se trataba de una lectura con la cual uno podía asentir en una frase para disentir en el sieguiente párrafo. Ése fue mi caso. Por ejemplo: me adhería a Longo en su opinión de que la ciencia no puede limitarse a describir, ni siquiera a explicar; y por otro lado rechazaba casi ideológicamente que la acción fuera sólo colectiva y el pensamiento fuera sólo individual. ¿Qué hacemos pues de la muy relevante acción individual, y sobre todo, con el potente pensamiento colectivo? No me caía bien la concepción de los movimientos sociales y de las ideas contenida en esa afirmación. Y a pesar de todo lo que más me removió, lo que más despertó mis neuronas, fue la parte en la que Longo diserta sobre ciencia y praxis, y las relaciones entre ambas.
La imbricación en la praxis del conocimiento científico (que no sería pues un fin en sí mismo), el carácter necesario del conocimiento para la praxis, y la diferencia radical entre los desarrollos de ciencia y acción, fueron las ideas que más me despertaron. Para empezar, porque creo que se trata de un debate que, como estudiantes de Ciencias Políticas, hemos de ser los primeros en abordar. Primero, porque nos dedicamos al estudio del poder, de la polis y el polemos; y en segundo lugar, porque, mientras lo hacemos, muchas y muchos de nosotros nos estamos implicando o nos hemos implicado en Política. La relación entre conocimiento y praxis, entre ciencia y acción, me parece un debate, un problema, infranqueable. Se trata, a mi entender, de la enriquecedora discusión entre el político y el politólogo.
Con esto no quiero decir que uno deba escoger a los veinte años si se autodetermina como una cosa o la otra. Ni mucho menos: pueden convivir, y de hecho conviven en mi caso, el político y el politólogo. A lo que me refiero es a que el debate entre ciencia y acción es un debate filosófico muy enriquecedor que no debería evitarse, más bien al contrario.
Yo estoy convencido de que la respuesta no es fácil, precisamente porque ese debate filosófico, en sí, ya está imbricado en la práctica cotidiana. Queramos o no, somos actores, y lo somos de manera más evidente en ciudades (geográficas, académicas, socioeconómicas…) globalizantes y globalizadoras: nuestro comportamiento cotidiano está impregnado de política. Mientras pensamos, actuamos (o dejamos de actuar): el pensador, por tanto, interviene en la esfera pública y transforma (o deja de transformar). Hacer Política, entendida aquí en sentido amplio, no es opcional, aunque sí lo es cómo hacerla.
Y sin embargo, desde mi experiencia -activa y reflexiva- perfilo una actitud, unas ideas, más próximas a las de Longo que a las que fueron expuestas en clase. En el aula se calificó a la separación del conocimiento y de la práctica como típicamente “marxista” y como “un error” comprobado históricamente. No pretendo cerrar el debate vertiendo aquí mis opiniones a favor del dibujo de fronteras entre ciencia y acción, entre el politólogo y el político, pero sí argumentar que esas dos afirmaciones son falsas.
Por dos razones muy sencillas. En primer lugar, la separación entre la ciencia y la práctica, si bien es cierto que rezuma en las ideas marxistas, no es exclusiva de esta escuela. Uno de los ejemplos que se me viene a la cabeza es el debate entre Jean Paul Sartre y Michel Foucault en torno al papel de los intelectuales, aunque más que en francés, esta cuestión me hace pensar en alemán. Max Weber, cuyos desencuentros con Karl Marx son bastante sonados, no es precisamente un tímido defensor de la separación radical de ciencia y acción. En su Wissenschaft als Beruf (traducida al castellano como La ciencia como vocación) y su Politik als Beruf (La política como vocación), ambas obras transcripciones de sendas conferencias en la Universidad de Münich (1919), Weber aborda el problema. En ellas (sobre todo en la primera) realiza una defensa radical de la separación entre ciencia (probablemente hoy diría ciencia social o ciencia política) y política (como profesión), que podría extenderse para hablar de la distinción entre el politólogo y el político, y la aplica al ámbito universitario preconizando la expulsión de la política fuera de las aulas.
Y esto nos lleva a la segunda parte de mi argumentación. A mi modo de ver este debate, que es ante todo un debate filosófico-político, está lejos de haber quedado zanjado, o al menos, no debería quedar. Muy al contrario, se trata de una discusión que hoy hace más falta que nunca, y sobre todo en lugares como nuestra Facultad. Donde la norma es que los politólogos (y los científicos sociales en general), los profesores, no sólo intervengan en o colaboren con las tareas más centrales al poder, a la Administración y al Estado, sino que pretendan llevar ese “político” que (respetablemente) existe dentro de ellos a las aulas y hacerlo coprotagonista o incluso protagonista de sus clases. Donde las cátedras se convierten en cañerías de la ideología (en el sentido más despectivo de la palabra) en las que la Ciencia queda diluida. Donde, utilizando la expresión de Weber, los profesores se convierten en profetas y el alumnado en un pueblo que espera salvador.
Se trata, cuando menos, de un debate interesantísimo y muy relevante (o práctico, si se prefiere), ya que en esto que yo percibo como una intrusión de la Política en la Ciencia Política, como una hegemonía del Político sobre el Politólogo (y una huida de casi cualquier elemento politológico de la propia práctica política) están insertas cuestiones de relevancia máxima. No sólo la pregunta que Longo se planteaba (¿Qué es la ciencia?), sino otras muchas que han de interesarnos: ¿qué es la política?, ¿qué es la Universidad?, ¿por qué y para qué?, ¿dónde (se sitúan y han de situarse) los intelectuales? son sólo algunas de ellas.
¿Investigar por y para la Ciencia? ¿Reflexionar para Actuar? ¿Actuar para Investigar? Son sin duda cuestiones enriquecedoras que, en tanto que cuestiones filosóficas, no tienen respuestas cerradas ni permanentes, sino todo lo contrario.
Y sin embargo hoy urge que nos las planteemos y que las debatamos, tanto en el Ágora como en la Academia.