Una vez más, la lectura del texto de Gino LONGO, “El mecanismo de la investigación científica”, en Manual de economía política. Comunicación, páginas 25–40 (del cual yo hice este resumen) nos ofrece diversos apuntes en torno a la Epistemología que parecen muy relevantes, algunos de los cuales quiero comentar aquí.
En primer lugar, cabe decir que las posturas de Longo sobre la comprobación de las hipótesis (y, en general, su concepción del proceso de investigación científica) recuerdan inevitablemente a las tesis del filósofo de las ciencias Karl Popper. En concreto, cuando Longo dice que “la mayor o menor correspondencia de los hechos reales con las teorías formuladas es el único criterio para comprobar la verosimilitud de una determinada hipótesis”, está a tan sólo un paso de llegar a la teoría popperiana de la refutación como único medio de llegar al conocimiento científico. También “oímos hablar” a Popper en las palabras de Longo que defienden que a las hipótesis llegamos no por mera inducción, sino a partir de unos ciertos conocimientos teóricos previos espontáneamente construidos. Y sin embargo, en lo que –desde mi punto de vista- parece que Popper y Longo más se encuentran es en su negación de la construcción social –y por tanto colectiva- de la ciencia. Veíamos en la lecutra #1 que Longo definía la ciencia (vs la praxis) como esencialmente individual, y aunque pudiera parecer que en este texto se contradice, no hace sino reforzar la tesis, al no admitir la ciencia más que como una mera suma de las investigaciones individuales. Tanto Popper como Longo parten de una negación de la dimensión colectiva del conocimiento humano, que se constituye en sociedad. En este sentido, llama la atención lo recurrente del uso que Longo hace de la palabra “objetividad”, en especial cuando la utiliza como adjetivo para “realidad”: me hace recordar lo alérgico que soy a la unión de esas dos palabras, especialmente cuando no van anexas a un reconocimiento de la dimensión social de la ciencia y de la investigación. No obstante, me parece notar aquí que no me refiero aquí meramente a las ciencias sociales como ciencias menos exactas (es más, adhiero casi por completo a la teoría popperiana de la unidad del método científico): en mi opinión la ciencia contiene un componente de constructo social que ha de visualizarse para que podamos tomar realmente en serio tanto su método como sus conclusiones; y este componente de construcción social no es propio sólo de disciplinas como la Ciencia Política o la Psicología, sino que se da también en materias tan “puras” como la Física o la Química. Para las personas interesadas, recomiendo una lectura de un libro (en francés, no sé si habrá sido traducido): Latour & Woolgar « La fabrication d’un fait : le cas du TRF(H) » in La vie de laboratoire, Paris, La Découverte, chapitre 2. Se trata de un texto en el que podemos comprobar cómo los conocimientos que suelen sacralizarse en el altar de una ciencia supuestamente objetiva (hasta el punto de ser ajena y lejana al ser humano) son tejidos también con el hilo de las interacciones sociales.
Por otra parte, y en otro orden de cosas, me parece relevante señalar aquí la importancia que le da Longo al método (definiéndolo como “esencia” de la ciencia), con la que estoy fundamentalmente de acuerdo. Su defensa de la enseñanza de métodos (más que de meros contenidos factuales) nos lleva una vez más a la cuestión de la pedagogía y del sistema educativo “complutense” (todo un género…). Sin duda, creo que la educación (y casi aún más la educación universitaria) tiene en efecto un deber de proporcionar métodos y, en sentido más amplio, herramientas para el desarrollo personal, humano y científico de los alumnos (y de la sociedad con ellos). Sin ellos, poco sentido tiene la acumulación de conocimientos. No puedo evitar trazar un paralelismo con nuestra aula 100 y las clases de Sistema Económico Mundial. Desde mi punto de vista, el proceso de investigación que allí se ha abierto, en grupos, que ha ido mostrándose poco a poco como difícilmente operativo (y ello por razones tan diversas como la escasa participación, el escaso tiempo y el escasísimo seguimiento son sólo algunas de ellas), aparece castrado si no hay unos mínimos contenidos teóricos que lo rellenen. De poco nos sirven discusiones y lecturas de epistemología, en una clase de Sistema Económico Mundial, si no se están entretejiendo con elementos teóricos y otras herramientas que nos ayuden a aprehender la realidad económica global contemporánea. No soy ni mucho menos partidario de las clases magistrales, pero me entristece y sobre todo me frustra, miércoles y jueves nada más empezar la mañana, constatar una y otra semana que, independientemente del método que enfatiza Longo, se olvidan los contenidos –sería útil contar con unas pequeñas herramientas teóricas para abordar cuestiones tan complejas como la financiarización de la economía mundial o los modelos de desarrollo del Sur-, y se olvidan las actitudes científicas. Creo que Longo, al destacar el método, se olvida de algo más sutil y menos técnico pero igualmente importante: una actitud abierta, de rechazo del prejuicio y alerta permanente, en la que no caben afirmaciones de tipo periodístico –más propias de un titular de prensa que de un aula universitaria de Ciencias Sociales- ni afirmaciones definitivas. Creo que ésa es la tarea más difícil –y por supuesto más importante- de la Universidad, la formación en valores y actitudes científicas, sin las cuales ni el método (conjunto de técnicas de vital importancia) ni los contenidos (que a pesar de todo siguen siendo necesarios) cobran todo su sentido.
