Bajamos a comprar el pan, hacemos un transbordo en el metro, nos ofrecen un papel de publicidad en la calle, salimos por los barrios y los bares, descolgamos el teléfono, conducimos vehículos en la calzada, miramos los telediarios, usamos el lenguaje…
Y se nos olvida, porque dejamos de verlo, que las personas que nos rodean son seres hhhumanos. Hacemos planes de futuro, soñamos, calculamos, nos enfadamos, nos evadimos, preparamos, nos con-formamos… y casi no sacamos tiempo para mirar un par de pasos más acá y encontrar al Otro, y reconocerlo como tal.
Ese lanzarnos hacia adelante, proyectando en el tiempo y en el espacio olvidándonos del Encuentro con las personas que tenemos enfrente, es mutilarnos como personas. Renunciar a un esfuerzo continuo de empatía es negarnos parte de nuestro ser-persona. Cada vez que nos empeñamos en interpretar o explicar sin calzarnos antes los zapatos del Otro, sin ponernos en su lugar, echamos un poquito más de arena en la cima de la enorme montaña de violencia, incomprensión y miedo en cuyas grutas tenemos por gusto vivir. Cada vez que se nos olvida la humanidad en la que (sobre)vivimos, cada vez que no la tenemos totalmente presente, integrada en nuestros múltiples sentidos, nos deshacemos y nos convertimos en un poco más lobos de cuento.
Parece simple, y evidente, pero no lo es.
